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Espectacle

Aquí s’aprèn poca cosa

de Toni Casares
Dates
Del 12/11/2009 al 13/12/2009
Horari

De dimecres a dissabte a les 22h
Diumenge a les 19h

Espai
Sala Beckett – Gràcia

El jove Jakob von Gunten, procedent d’una vella família aristocràtica, s’inscriu per voluntat pròpia en una escola de criats, fugint de les comoditats i l’aburgesament de la seva condició social. La vida a l’Institut Benjamenta, sense altre mètode pedagògic que el propi manual de l’escola i on l’única lliçó que s’hi imparteix és la de la humilitat i l’obediència més absolutes, es converteix aviat per a Jakob en un camí d’autèntica renúncia personal.

Sobre l’obra

Como personaje literario, Jakob von Gunten no carece de precedentes. En el placer que obtiene cuestionando sus propios motivos nos recuerda al Hombre del Subsuelo de Dostoievski y, tras él, al Jean-Jacques Rousseau de la Confesiones. Pero –como ha señalado Marthe Robert, la primera traductora de Walser al francés–, en Jakob también hay algo del protagonista de los relatos tradicionales del folclore alemán, del joven que se enfrenta al gigante en su castillo y sale victorioso. Franz Kafka admiraba la obra de Walser (Max Brond cuenta el deleite con que Kafka leía en voz alta los bosquejos humorísticos de Walser). Barnabás y Jeremías, los ‘asistentes’ diabólicamente obstaculizadores de El castillo, tienen a Jacob como prototipo.
En Kafka se encuentran también ecos de la prosa de Walser, con su lúcido diseño sintético, sus informales yuxtaposiciones de lo elevado y lo banal, y su inquietante y convincente lógica de la paradoja. Así es Jakob en su ánimo reflexivo:

“Vamos uniformados. Pues bien, este hecho de llevar uniforme nos humilla y nos encumbra al mismo tiempo: tenemos aspecto de gente no libre, lo que posiblemente sea una ignominia, pero también nos vemos muy guapos, y eso nos ahorra la profunda vergüenza de quienes se pasean en ropas personalísimas y, sin embargo, sucias y ajadas. A mí, por ejemplo, vestir el uniforme me resulta bastante agradable, pues nunca he sabido muy bien qué ropa ponerme. Pero incluso a este respecto sigo siendo, por ahora, un enigma para mí mismo.”

¿Cuál es ese enigma para sí mismo o sobre sí mismo que a Jakob le resulta tan fascinante? En un ensayo sobre Walser que es todavía más sorprendente porque se basa en un conocimiento muy incompleto de sus escritos, Walter Benjamin sugiere que las personas de Walser son como personajes de un cuento de hadas que ha llegado a su fin, personajes que de ahí en adelante deben vivir en un mundo real. Están marcados por ‘una superficialidad constantemente conmovedora e inhumana’, como si, después de haber sido rescatados de la locura (o de un hechizo), debieran pisar con cuidado por miedo a caer de vuelta en ella.
Jakob es uno de esos seres extraños, y el aire que respira en el Instituto Benjamenta está tan enrarecido, es tan cercano a lo alegórico, que cuesta verlo como representante de algún elemento de la sociedad. Sin embargo, el cinismo con que ve la civilización y los valores en general, su desprecio por la vida intelectual, sus simplistas convicciones sobre la manera en que el mundo funciona realmente (está dirigido por las grandes empresas para explotar al hombre pequeño), su elevación de la obediencia a la máxima virtud, su disposición a esperar el momento justo, aguardando la llamada del destino, su pretensión de pertenecer a un linaje doble, marcial (mientras que la etimología que él mismo insinúa del nombre Von Gunten –von unten, ‘de abajo’– sugiere lo contrario), así como el placer que obtiene en el ambiente totalmente masculino del internado y su deleite en las bromas maliciosas, todos estos rasgos, tomados en su conjunto, apuntan hacia esa clase de varón pequeñoburgués que, en una época de mayor confusión social, encontraría atractivas las Camisas Pardas de Hitler.
Walser nunca fue un escritor abiertamente político. De todas maneras, su implicación emocional con la clase de la que provenía, la clase de los tenderos y los oficinistas y los maestros de escuela, era profunda. Berlín le ofrecía una clara oportunidad de huir de sus orígenes sociales, de desertar, como había hecho su hermano, a la intelligentsia cosmopolita y déclassé. Él intentó seguir por ese camino y fracasó o lo abandonó, y escogió, en cambio, regresar al abrazo de la provinciana Suiza. Sin embargo, nunca perdió de vista –de hecho, no se le permitió que perdiera de vista– las tendencias conservadoras y conformistas de su clase, su intolerancia hacia personas como él mismo, soñadores y vagabundos.

J. M. Coetzee, “Robert Walser”. Dins Mecanismos internos. Ensayos 2000-2005. Barcelona: Mondadori, 2009. Pp. 35-37. Traducció d’Eduardo Hojman.

Sobre l’autor

A veces se abandona la escritura porque uno simplemente cae en un estado de locura del que ya no se recupera nunca. El caso más paradigmático es el de Hölderlin, que tuvo un imitador involuntario en Robert Walser. (…) El segundo pasó los veintiocho últimos años de su vida encerrado en los manicomios de Waldau, primero, y después en el de Herisau, dedicado a una frenética actividad de letra microscópica e indescifrables galimatías en unos minúsculos trozos de papel.
Creo que puede decirse que, de algún modo, tanto Holderlin como Walser siguieron escribiendo: “Escribir –decía Marguerite Duras– también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido.” (…)

De los aullidos sin ruido de Walser tenemos el amplio testimonio de Carl Seelig, el fiel amigo que siguió visitando al escritor cuando éste fue a parar a los manicomios de Waldau y de Herisau. Elijo entre todos el “retrato de un momento” (…) en el que Seelig sorprendió a Walser en el instante exacto de la verdad, ese momento en el que una persona, con un gesto (…) o con una frase, delata lo que genuinamente es: “No olvidaré nunca aquella mañana de otoño en la que Walser y yo caminamos de Teufen a Speichen, a través de una niebla muy espesa. Le dije aquel día que quizás su obra duraría tanto como la de Gottfried Keller. Se plantó como si hubiese echado raíces en la tierra, me miró con suma gravedad y me dijo que, si me tomaba en serio su amistad, no le saliese jamás con semejantes cumplidos. Él, Robert Walser, era un cero a la izquierda y quería ser olvidado.”

Toda la obra de Walser, incluido su ambiguo silencio de veintiocho años, comenta la vanidad de toda empresa, la vanidad de la vida misma. Tal vez por eso sólo deseaba ser un cero a la izquierda. Alguien ha dicho que Walser es como un corredor de fondo que, a punto de alcanzar la meta codiciada, se detiene sorprendido y mira a maestros y condiscípulos y abandona, es decir, que se queda en lo suyo, que es una estética del desconcierto. A mí Walser me recuerda a Piquemal, un curioso sprinter, un ciclista de los años sesenta que era ciclotímico y a veces se le olvidaba terminar la carrera.

Robert Walser amaba la vanidad, el fuego del verano y los botines femeninos, las casas iluminadas por el sol y las banderas ondeantes al viento. Pero la vanidad que él amaba nada tenía que ver con la ambición del éxito personal, sino con ese tipo de vanidad que es una tierna exhibición de lo mínimo y de lo fugaz. No podía estar Walser más lejos de los climas de altura, allí donde impera la fuerza y el prestigio: “Y si alguna vez una ola me levantase y me llevase hacia lo alto, allí donde impera la fuerza y el prestigio, haría pedazos las circunstancias que me han favorecido y me arrojaría yo mismo abajo, a las ínfimas e insignificantes tinieblas. Sólo en las regiones inferiores consigo respirar.”
Walser quería ser un cero a la izquierda y nada deseaba tanto como ser olvidado. Era consciente de que todo escritor debe ser olvidado apenas ha cesado de escribir, porque esa página ya la ha perdido, se le ha ido literalmente volando, ha entrado ya en un contexto de situaciones y de sentimientos diferentes, responde a preguntas que otros hombres le hacen y que su autor no podía ni siquiera imaginar.

Enrique Vila-Matas, Bartleby y compañía. Barcelona: Anagrama, 2005. Pp. 25-27.

¿Era Walser un gran escritor? Si uno, finalmente, titubea antes de llamarlo grande, comentó Canetti, es solo porque nada podría serle más ajeno que la grandeza. En uno de sus últimos poemas, Walser escribió:

No le deseo a nadie ser yo.
Solo yo soy capaz de soportarme.
Saber tanto, haber visto tanto y
no decir nada, absolutamente nada.

J. M. Coetzee, “Robert Walser”. Dins Mecanismos internos. Ensayos 2000-2005. Barcelona: Mondadori, 2009. Pp. 46-47. Traducció d’Eduardo Hojman.

Aquest espectacle s’estrenarà el diumenge 8 de novembre de 2009 al Festival Temporada Alta de Girona.

Si esteu interessats en contractar bolos d’aquest espectacle, poseu-vos en contacte amb la Sala Beckett (Sr. Juli Macarulla – 93 284 53 12).

Dramatúrgia i direcció: Toni Casares

Amb: Pep Ambrós, Guillem Motos, Alícia Pérez, Quimet Pla, Omar Sanchis, Jaume Ulled, Pau Viñals i Albert Viñas

Espai escènic: Eugenio Swarcer i Paula Bosch
Vestuari: Miriam Compte
Il·luminació: David Bofarull
Disseny de so: Lucas Ariel Vallejos
Col·laboració en la dramatúrgia: Carles Batlle
Treball de cos i moviment: Tomeu Vergés
Ajudant de direcció: Nuria Legarda
Ajudant de direcció en pràctiques de l’Institut del Teatre: Gerard Iravedra
Ajudant de vestuari: Nídia Tusal
Alumna de l’IDEP en pràctiques (vestuari): Sara Pagès
Perruqueria: Àngels Salinas
Construcció: Xarli
Fotografia: David Ruano
Fotografies programa: Nani Pujol

Producció: Sala Beckett / Obrador Internacional de Dramatúrgia

Agraïments: José Sanchis Sinisterra, Sergi Buka, Montse Guals, Toni Santos, Benito Camela i actors de l’Aula de Teatre de la UAB (promoció 1999-2000)

Una producció de la Sala Beckett/Obrador Internacional de Dramatúrgia amb col·laboració del Festival Temporada Alta. Festival de Tardor de Catalunya 2009

Estrena al Festival Temporada Alta, a la Sala la Planeta (Girona), diumenge 8 de novembre

Estrena a la Sala Beckett (Barcelona), dijous 12 de novembre

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